diciembre 19, 2009

Calentamiento global

Doce del mediodía un chico llega en bici a la puerta de una casa, saca la llave del bolsillo y abre. El sudor le chorrea por las orejas y los pómulos están colorados como su boca abierta y jadeante. Las ruedas de la bicicleta perdieron el dibujo de las llantas y se trajeron el caucho del pavimento pegajoso.

Las suelas de las zapatillas están reblandecidas y los pelos de las piernas se desprenden arrastrados por la transpiración. Se le derrite la espalda que le gotea por el short. Intenta dar un paso para traspasar la puerta. Los hombros se le aflojan y los brazos como de arena blanda ser desgranan y caen. Las manos sueltan los dedos que reptan como lombrices en busca de la humedad de la tierra. La cabeza gira en el aire y cae al suelo al tiempo que se derrite y se licúa. Los ojos, los dientes y un arito de la ceja quedan sueltos, son piedritas.

La puerta quedó abierta, el aire cálido de la calle entra en la casa y asfixia el aire acondicionado.

diciembre 11, 2009

El bailarín

El hombre sentado en la primera fila del teatro medita fumándose cada bocanada del cigarrillo. Terminó de encerar el piso del escenario. Se oyen las voces de los chicos que ensayan ballet. El hombre entrecierra los ojos, él también formó parte alguna vez de ese tumulto. Dos trenes y diez cuadras hasta llegar al teatro; no le quedaba tiempo para jugar con los chicos del barrio.

Se quita los borcegos y se acaricia los pies. Está en su media hora de descanso antes de seguir con la limpieza. Prende otro cigarrillo y lo gira entre los dedos mirando a tras luz: apunta el escenario. Con una mano ilumina el cielo de cartón y alumbra las estrellas de la escenografía; con la otra, acaricia los tobillos resecos. Ahora se los mueve en círculo como le explicaron en la rehabilitación.

Las colillas caen al suelo. Las cenizas se expanden. Las brasas… Si no las apagara, los pliegues de pana empezarían a arder y treparían hasta el cielo corrugado. Las estrellas se precipitarían como estalactitas derretidas. El escenario sería sometido al hambre voraz de los lengüetazos naranjas que cruzarían y derretirían las puertas de los camarines. Tules y brocatos se arrugarían como pétalos sin sol. La lava treparía las paredes y se colgaría de los caireles de la araña. Chorros de fuego y cristales se despeñarían sobre las piernas de los chicos y sus tobillos carcomidos como si fuesen de plomo. Las zapatillas de baile se entrelazarían en inútiles intentos de escape.

El hombre descalzo sube al escenario y llora de alegría ante los aplausos de las llamas en las butacas.

noviembre 02, 2009

De la panza de mamá

LLegó así: colgado de la panza de su mamá.
Después anduvo sujeto al hilo de un barrilete.
Más tarde giraba en el borde de la taza de té.
Un día lo vieron en la orilla de una gota de lluvia
o tal vez de lágrima.
Si mirás la luna cuando está completa
lo verás prendido como una estrellita azul.
Si te reís con mucha alegría en la panza
seguro te hará cosquillas en la boca.
Y cuando te duermas cuidará tus sueños
acunado en tu pestaña.




Texto escrito para "LA LUNA NARANJA arte y literatura infantil y juvenil"

septiembre 15, 2009

Felicidades

La felicidad es sentir la vida fluir
entre las piernas
y confirmarla al oír el llanto.

Es el segundo antes del vuelo de la mariposa
o el instante de luz de una luciérnaga
o el perfume de gardenias.

La felicidad es cantar tangos con Francesca.
Una cucharada de dulce de leche.
Limpiar la casa con la música bien fuerte.
Es mojarse la cara con la espuma del mar entre las rocas.
Es una noche de tormenta.
Es cerrar los ojos y ver el agua correr.

La felicidad es escucharte decir las palabras que dicté entre tus sueños.
Es batir tus alas en mi cuerpo.

Es enmudecer.
Es trepar una montaña
y equivocar el camino
y seguir subiendo.

Felicidad es el roce de las piernas
la boca en un gajo de sandía
la arena entre los dedos
el sol en las pestañas.
Es cantar hasta que arda la garganta.
Es encontrar la palabra
y perderla.

Es tener la certeza
de que nada es cierto
y aún sigo creyendo.

agosto 11, 2009

Rabietas

Me da rabia la infatigable abulia para sentarme a escribir.

La falsa modestia de ser madre.

Las demoras que dilatan el olvido.

El odio añejo a la timidez o el sombrero que me estruja la cabeza.

Me indigna imaginar que la intuición dicta mis pasos. Creerme todo lo que imagino.

Odio la certeza de que me encontrás cuando duermo. O peor: estar despierta y soñar que te olvidé.

Me enoja la pila de libros en bibliotecas ajenas.

Que Kafka esté en la otra orilla y que no cruces hasta acá.

Me enfurece el silencio como escudo de cobardía.

El fisgón tras la puerta.

La espera que fuerza una esperanza.

Tener el fuego en la mano y no incendiar tus cartas.

Amarrarme a las pestañas de un muñeco.

La inocencia de creer que si lo deseo se me concederá.

Hacer círculos sobre el barro.

Los pies atados en botas de metal.

No saber caminar

con las alas pegadas en la espalda,

ahora que sé volar.

julio 13, 2009

Lluvia

Silencio de lluvia
Fulgores de luz en las grietas del cielo
Un perro se queja
Y la lluvia
persiste
percude
paciente
constante
el pájaro espera

Extiende el cielo las pestañas de plata
No
son
gotas
el velo de la soledad aún cubre el parque
la brisa ausente
la ausencia se estrella en cada gota sobre la tierra

Y el pájaro espera
paciente
pausado
callado
confiado
que el gemido de esta lluvia
desanude las nubes del cielo
Volver a cantar

junio 22, 2009

La máscara le oprime la cara. La tabla metálica sobre la que lo acostaron se ajusta a su cuerpo. Boca arriba , la nariz está a pocos centímetros del techo y los ojos intentan resistir los haces de luz. Las piernas están lejos de él. La mano que lo empujó acá adentro ya no está. Está solo.
Inspira, espira. Cierra los ojos pero las palpitaciones no se calman. Las pupilas se quieren escapar de los párpados. Las uñas se clavan en las palmas transpiradas.
Inspira, espira, jadea. El aire húmedo de su boca rebota contra la máscara y le anuda la garganta. El corazón se expande y redobla el bombeo. Se agita inmóvil. Tiembla el abdomen. Se contrae el pubis. Se acalambran los pies. Abre los ojos, que son dos globos blancos buscando alguna sombra donde escapar y siente olor a fruta podrida, inspira, expira, grita afónico y sólo oye…

Psique y Eros -III-

El oráculo de Delfos había sido implacable: si la joven Psique caía en la tentación de espiar el rostro del marido, se convertiría en agua. El amor o la intriga pudieron más que el poderoso vaticinio. La noche que Psique quebró la promesa, contempló el hombre más hermoso jamás imaginado. El placer fue tan supremo que empezó a sentir mojadas sus piernas, sus manos y el pecho. Se le mojó el pelo y la cara. Se le llenó la boca de agua. Y así transformada en manantial empapó la cama de Eros que despertó solo para siempre.

mayo 25, 2009

Con tacos en día de lluvia

Recién terminaba de llover. Ella volvía a su casa por la calle de tierra. Aunque se había puesto las bolsas de plástico en los zapatos, los tacos le enterraban los pies en cada paso. Entonces no pudo avanzar más.
Se agachó y empezó a escarbar hasta que la mano se detuvo contra una piedra. Le quitó todo el barro.
Quedó al descubierto una fotografía de un pie, dura como una roca. Una foto petrificada, pensó y escarbó al lado hasta revelar la foto de un tobillo. Más arriba tres adoquines con fotos de dos rodillas. Dio unos pasos más y desenterró la foto del ombligo que cabe justo en un adoquín. Limpió cinco piedras: el pecho de hombros angostos la acercó a su casa. Llegó y se sacó las bolsas de los zapatos. El empedrado fotográfico culminaba con la coronilla rubia de un hombre en la puerta de entrada.

Psique y Eros - II -

Toda mujer tiene derecho a conocer la persona con la que vive. Cierta noche Psique esperó hasta que Eros se durmiera y se acercó a oscuras a la habitación para conocer el rostro prohibido. Su corazón no resistió la monstruosa fealdad. El estupor la convirtió en cucaracha.
Dicen que desde entonces el horrendo dios y la joven cucaracha conviven felices en los basurales del Olimpo

mayo 21, 2009

Plaza Moreno

Verde y naranja son los chalecos que suben y se agachan para limpiar la nostalgia del otoño.
Camina sin apuro al trabajo. Piensa en su propia finitud, en su certeza implacable, irrefutable como el perro negro y rojo que yace muerto en mitad del asfalto. Frena y espera la luz del semáforo con la paciencia de las palmeras que ondean suave en la esquina.
Los sentimientos se deshojan y caen. Se aturden con la impaciencia de las bocinas, no esperan que el auto viejo cruce la bocacalle. Se abre paso entre los taxistas que reunidos desayunan café con facturas.
La Catedral detiene los pasos. Perfora el cielo con sus torres. Las palomas se asoman entre las gárgolas. Ignora la existencia de dios pero desde la punta del campanario alguien la observa. “Obediencia” piensa y se cruza con un adiestrador que lleva dos perros encadenados. Las campanas marcan la hora en punto y el final del recorrido. Apura el paso pero se resiste a traspasar las puertas giratorias de la oficina. Envidia al hombre que en la fuente vende libros baratos y toma mate con el chico de los diarios. Entra, los ascensores están ocupados por pilas de papeles. Afuera queda una bicicleta atada a la columna.

mayo 14, 2009

Psique y Eros - I -

Eros le explica a Psique que jamás deberá conocer su rostro. La hermosa joven soporta un tiempo este mandato pero la curiosidad puede más y una noche se acerca a la cama y descubre su belleza. "No caben en esta tierra dos rostros tan hermosos", piensa mientras cubre con la almohada la boca de su marido hasta asfixiarlo.

mayo 10, 2009


Colgué las lágrimas al sol. Para quitar las manchas rosadas.
Lágrimas pétreas de tanto contener el llanto.
Una por una las cuelgo para que el viento las vuelva murmullo de río.
Están anudadas en cada pestaña.
Tal vez las junte, les escurra la sal y las guarde entre las hojas de un libro amarillo.
O tal vez, las deje aquí colgadas. Y si algún día pasás recojelas, porque siempre fueron tuyas.

abril 23, 2009

DICCIONARIO

SUFRIR
Acción de verter jugo de limón sobre una herida punzante.

RISA
Conjunto de alas de mariposa y escamas de piedras preciosas exhaladas por un persona luego de experimentar un calambre en el plexo solar.

ILUSION
Imagen producida al observar los hechos con un caleidoscopio o a bordo de un carrusel.

VOLUPTUOSIDAD
Extrema belleza.
Sensualidad roja o naranja.
Sabor a frambuesa.
Líneas redondas y cálidas.
Rocío en el borde de la piel.

marzo 10, 2009

Urbanidad Platense

Un amanecer de sábado. Los chicos vuelven a sus casas con el tecno en las orejas o tal vez reageton.
El llamador de ángeles despierta las ramas de los tilos. Un chico chancletea las primeras hojas del otoño.
El cartonero revuelve los restos del festejo ajeno: hábil como un mago distingue las botellas rotas del cartón y el papel de regalos.
Una parejita de enamorados recostada sobre un cartel de alquiler de metegol. Él tiene escondido en la espalda un enorme oso de peluche amarillo. "Te amo Juli". "Gracias mi amor, me encanta". Y la remera violeta y el escote se apretan contra la camiseta de fútbol. Y las uñas rojas se entrometen en sus rulos y un intenso beso fucsia ilumina la esquina como el sol del mediodía.
El taxista saluda a la "¡boluda!" que maneja una cuatro por cuatro con patente del poder judicial. "¡Tu marido te compró el registro, imbécil!".
Una mamá y una abuela llevan de la mano a la nena de trenzas tirantes. En las manitos apretadas sostiene la bolsa de supermercado con el guardapolvo y una mochila rosa.
Descansan dos carretillas con sus obreros al costado de una pila de escombros "¿Mate o cerveza?". "Dale, dos paladas más y vamos al kiosco".
En la vereda de los tres álamos las persianas de la joyería se apoyan metálicas sobre los delgados troncos.
Un caballete en la puerta de una casa fundacional soporta grandes baldes de pintura. El pintor entra y sale del zaguán. Las gotas del pincel delatan su recorrido.
Un basurero repleto frente a la vidriera de sábanas de satén y un chico con zapatillas más grandes que rotas se le acerca buscando algo para comer.
"¡Compremos esta casita para el perro, dale papi, mirá la del techo amarillo!¡Dale papi compremos el platito para que coma, mirá es un hueso gigante, dale papi!"
Una puerta de hierro forjado encierra el parque de la casa envuelta en una telaraña de hiedras. La fuente de piedra no tiene agua pero está coronada con malvones rojos y un angelito que se quedó tuerto. Por la puerta de atrás un bastón se afirma entre los adoquines y sostiene el cuerpo de un viejo. Al lado las ventanas abiertas sacuden los acordes de una guitarra y un bajo.
El bulevard de la peluquería tiene las paredes recién pintadas: se callaron de blanco las letras del aerosol. Una señora rubia sale recién peinada con otra mujer igual a ella pero más jóven. Está hablando por celular mientras abre la puerta de su auto con el control remoto.
Un gorrión se moja las patas en las aguas estancadas. Ahora toma vuelo y se pierde entre los tilos.
Las sombras amarillas de las casas caen perpendiculares sobre las primeras hojas del pavimento solitario.
Adentro, el olor del cafe, tintinean las cucharas y se mezclan en las charlas.
Afuera, duerme la calle de un sábado a la tarde. Las cigarras ensucian el silencio.

enero 19, 2009

de Coral y Azulado

Hoy elegí el coral para pintarme las uñas. Siempre me gustó este color. Me gusta su brillo y también cómo suena al pronunciarlo. Coral.
Me suena a batir de alas. Alas de mariposa. Las alas de la mariposa que tengo acá: en el plexo.
¿También será coral la mariposa que me habita? Se me ocurre azul. No tengo certeza exacta de su color. Tampoco la irrefutable idea de que sea mariposa lo que me atraviesa el pecho. Es algo que intuyo con M con M de Mariposa, por eso juego a pensar que es una Mariposa Azul y Coral.
No estoy en condiciones de afirmar nada de lo predicho puesto que es una mariposa que no puedo percibir con los sentidos ni con la razón. Pero su azulino aleteo me agita el corazón cada vez que respiro.
Hacía unos cuantos días que me había dejado. Hay días o mejor dicho ratos en los cuales la mariposa se escabulle volando suave hacia vaya a saber qué parte. La adivino rajando la piel de mi hombro izquierdo como si fuera de seda.
Pero esta noche mientras dormía entró por la ventana que en un descuido dejé entreabierta. Estaba muy oscuro sólo se me veía la boca apenas iluminada por unas gotas de luna. La mariposa esperó paciente un ronquido y entró como quien atraviesa la sala del preembarque en el aeropuerto.
De noche, con todos mis órganos en reposo, anda en libre albedrío: vuela en remolino, cae en picada, zigzaguea entre las costillas, se posa en el pubis, hurguetea los dedos de los pies.
Por la mañana me sentía inquieta y molesta, no había descansado bien. Empecé a tramar métodos de caza.
Me compré un insecticida para moscas (no puede encontrar mata mariposas, ni siquiera mata gusanos de seda). Al menos empieza con M. Aproveché mi resfrío y me senté a esperar el estornudo con el mata moscas apuntado a diez o quince centímetros de la boca. Al más fuerte "atchís" apreté el botón y rocié mis propias bacterias con el insecticida.
Pero al mediodía volví a sentir el sobrevuelo en el estómago. Pensé en ahogarla. Almorcé con cerveza, un vaso tras otro hasta verla hundirse en el mar dorado y espumoso. Pero lejos de morirse, subida a la miga más gruesa del pan que tragué surfeaba las olas alcohólicas en mi diafragma. Indignada apuré el último vaso y de postre empecé y terminé una botella de Bayleis. Ansiando verla girar en la catarata de mi propia borrachera mantuve los ojos bien abiertos sobre el inodoro, pero ni una vestigio de la mariposa muerta. Tal vez se hubiese quemado en el fuego que sentía dentro del esófago.
Me acosté como pude. El mareo neutralizaba los sentidos, podría descansar. Soñé que los de Greenpeace me venían a buscar por asesina de una insecto tan efímero y bello que me colgaban del Obelisco y que un grupo de científicos monitoreaban mi cuerpo; que los de Discovery channel explicaban que se tienen pruebas que esta especia de mariposa llamada Coralazulado vivió en el planeta durante edad media, que se encuentran registros en algunos lienzos de pintores de la época, muchos poetas la mencionan en sus obras y que las humaredas de las hogueras inquisitorias la habrían extinguido.
Me despertó la picazón en los tobillos, en las rodillas. Las uñas no alcanzaban a rasgar el escozor que crecía, ahora en los muslos, la espalda, el abdomen. La piel se volvió como de papel transparente y yo podía ver el recorrido de sus patas como las huellas de un escarabajo en la arena. Ni la ducha ni las cremas me calmaron. Más aún se me escamaron los pechos. No sé como en ese momento me acordé de cierto souvenir que me trajo un amigo de Buzios. Lo fumé con profundas aspiraciones, como un chamán invoqué la Desaparición completa y total de la Mariposa azul y coral sobre la faz de la Tierra y dentro de cada célula mía.
Cierto resultado obtuve porque la tengo sentadita en el hueso de la cadera con los ojitos rojos y las alas pegaditas al cuerpo. Me mira escribir y sabe que le llegó el final porque soy de esas personas que escribiendo inician o acaban las historias.

noviembre 30, 2008

Viaje

Despego los pies de las sábanas. Me saco los anillos. Abro las alas. Levanto vuelo.
Subo enseguida. Te busco, pero antes vos me encontrás. Cerrás los ojos y libre de tu narcisa cobardía me abrazas.
Mis manos no te escriben ni te acarician. Exploran agazapadas la piel. La boca carece al fin de palabras pero se abre y asoma la lengua tibia y redonda, húmeda de susurros. Las piernas, condenadas en la tierra a avanzar, se estiran, flotan, se repliegan y abren.
Sin límites, sin cuadrículas.
Sin roles ni mandatos.
La fantasía fluye entra y sale, gira y nos envuelve en nuestro íntimo espacio creado por el deseo.

octubre 31, 2008

La boda

Faltaban quince días, pero las circunstancias obligaron a adelantar la fecha: el casamiento se celebra hoy.
Los novios viajaron ayer a San Antonio de Areco para ultimar los detalles en la estancia donde se programó la fiesta.
Había planeado con mucha anticipación la ropa que llevaría. Se decidió por un vestido de gasa verde y la capelina color malva como el chal. Aunque esta noche usaría el traje sastre gris oscuro. Se entretuvo más de lo debido sujetando sus rulos en el baño. Llegó tarde. Antes había robado de la heladera un feta de jamón crudo y no olvidó soplar las velas del candelabro de la mesita baja del living.
Consiguió lugar para estacionar más pronto de lo esperado. Aprovechó para retocarse el rimel. Prefirió dejar los labios sin color. Llegó justo a tiempo para el comienzo de la ceremonia.
Crisantemos blancos coronan la entrada. La gente agolpada en la puerta le impide el paso. El sacerdote se acerca y la ayuda a entrar. En la sala una cinta púrpura envuelve el cirio que alumbra los rostros de los novios.
El sacramento llega a su fin. Ambos cajones se cierran. Un olor ácido se escapa de entre las hendijas y se le instala en la piel.
Vuelve a casa. Evita encender las velas. Hecha a la basura el jamón crudo y la carne de la heladera.

octubre 25, 2008

Parpadeo lunar

El olor ilumina el papel. Blanco sobre incienso.

El silencio ilumina el ojo sobre la ventana.

Ojo amarillo parpadea hojas en el vidrio frío.

Sus pestañas se mueven con la brisa nocturna y distraen el andar.


Freno. Respiro. Camino a tientas.

Vos no estás. Por primera vez en miles de instantes no estás.


El ojo enciende una escalera para mí.

Escalera hacia arriba.

Mis pasos torpes insisten en bajar.

El ojo se cierra.

Enciendo la luz y ya no puedo caminar.

Sin la penumbra del ojo no puedo avanzar.

octubre 14, 2008

Maldita condena

El primer beso se le había prendido del pecho.
Una mariposa negra le absorbió el alma.
El beso salado se le había implantado en el estómago.
Una serpiente retorcida le envenenó las fibras.
El beso anormal la había sorprendido por detrás.
Un puñal oxidado en el blanco de los pulmones.

Su presencia en los sueños le abrió el camino a la inspiración.
Su ausencia en la realidad la ahogó de interrogantes.
Cada palabra releída es una herida que sangra.
Grillete afilado matándole el paso.

Ya no sueña
Ya no escribe
Reza
Suplica
Vende su alma.
Condenada a olvidar.

septiembre 24, 2008


Los indigentes del medioevo acudían al pie de la colina del monasterio. Y se desgarraban por migajas de desechos pútridos que los monjes arrojaban a las bestias.
Los indigentes de la actualidad acuden a la puerta de una casa por cuatro dólares.

Miles de cabezas se agolpan y se aglomeran.
Miles de manos se estiran y se entrecruzan.
Miles de bocas se abren en súplica.
Miles de personas amalgaman su discernimiento en una sola masa.
Son bueyes en estampida desdesperados por el hambre.
La vida vale veintiún muertos y la muerte, cuatro dólares.


"Repartían plata en un acto benéfico en Indonesia y hubo una estampida: 21 muertos."
Clarín.com 15.09.2008

septiembre 12, 2008

La cena del orden


Se mudó acá porque aún no llega internet. Al principio lo dudó: el salitre le reseca la piel y le eriza el pelo. Pero el murmullo salado lamiendo las ventanas la sedujo.
Esta noche hay viento, la arena se cuela por los ojos de la madera.
Enciende las velas y las ubica sobre la mesa del comedor preparada para la cena, un sahumerio encima de la chimenea y más velas en los desniveles del piso. Desde la cocina llegan los vapores de las verduras.
Pone música. Se sirve una copa de vino y se sienta en el suelo al lado de la caja de cartón. Del otro lado, una bolsa de plástico negra.
Las manos levantan la tapa. Las uñas rojas escarban entre los papeles ordenados. Desde el fondo de la caja saca una computadora portátil, un tintero seco y la pluma. Mete todo en la bolsa. Decide quedarse con el lapiz de madera.
Las libretas con las fechas de las vacunas de sus hijos y el certificado de matrimonio,.Los apila y los guarda en un bolsito de tul que ata con un moño de raso.
La correspondencia con algún lord inglés perdido en el tiempo, en el mismo tiempo donde quedaron sus orgasmos telefónicos. La rompe en pedazos hasta reducirla al tamaño de las lágrimas y las hunde en el fondo de la bolsa negra.
Encuentra un rush un poco reseco, se moja los labios con vino e intenta pintárselos. Es muy viejo, ya no sirve. Pero antes de tirarlo se pone de pie, camina hasta el espejo oval del vestíbulo y escribe: “Yo no soy mis recuerdos”.
El olor tibio de la cocina la apura a cerrar la bolsa. Descalza sale hasta la puerta y la apoya en el canasto de la basura.
Ahora se puede sentar a cenar.

agosto 21, 2008

En foco

La lágrima y el mareo me permiten verte así. El aire tan puro me ahoga y no me deja hablar. Prefiero no hacerlo, seguramente la foto se velará.
Me da lo mismo que te tires o no. El río te llevará igual.
Entonces rompo la lente. Me seco los ojos y te enfoco. Es como vidrio entre las piedras.
Descalza y rota, camino. Me marcho.
Ya no sabe borroso ni se ve amargo.

julio 03, 2008

Luna Condicional

Si esta noche se despejara y la luna apareciera, tal vez te despertarías. Yo me daría cuenta porque pasarías tu pierna encima mío. Si se cubriera el cielo de nubes allí terminaría el juego. Pero si el brillo lunar lograse atravesar la oscuridad, esa pierna separaría las mías. Después tu brazo acariciaría mi espalda hasta hacerme rotar boca arriba. Entonces yo me despertaría encandilada por la luz que penetre las cortinas.
Si yo tuviera suerte abrirías los ojos húmedos como la lengua. Si en cambio los astros me dejaran sola tu mano inerte pesaría sobre mi pecho y yo odiaría tus pestañas cerradas. Aunque últimamente la fortuna me acompaña: seguro me subiría sobre tu cuerpo para calmar la sed que me ataca cierta noches de insomnio.
Debería ser suave, moverme despacio. La boca besaría sutil procurando entibiar tu piel somnolienta. Las manos, que ya conocen el paisaje, caminarían tranquilas hasta llegar a los sitios secretos y seguros.
Un solo haz de luz sería suficiente para despertar tu deseo.
Quitarle la gravedad a esta habitación.
Transportarnos a otro mundo sin luna.

junio 24, 2008

Ojos abiertos

Para qué pedir que muestre los ojos
si vos sólo me ves cuando cerrás los tuyos.

junio 03, 2008

El insomnio del lord

¿Dónde estás?
¿Cuáles son las palabras para llamarte?
¿Cuál es la voz con la que me llamás?
Esperar...

mayo 31, 2008

No todo es posible en la vida

Abre la ducha. Se desnuda.
Entra en la bañera. Se patina.
Se cae. Se muere.
Al entierro van todos.
También él.
Camina hacia el auto. Zapatillas nuevas.
Pisa el cordón desatado.
Se cae. Se muere.
Al entierro van todos.
Menos ella.
Sale de la ducha. Se cubre con la bata.
Se ata el cordón. Se sube al auto.
Camina. Se quita la bata.
Arranca. Se saca las zapatillas.
Llegan.
Se encuentran.
Se abrazan.

mayo 30, 2008

Apestañados

Dejaste sobre su cama una pestaña.
La acaricia. La cuida.
Teje y desteje tus ojos.
Incapaz de deshacer el hechizo.

mayo 27, 2008

Golpe bajo


La boca escupió tornillos que impactaron en el corazón hasta volverlo de arena.


Tiro al blanco

Metálico y distante se acerca veloz hacia la cabeza. Gira sobre sí mismo. La punta afilada brilla como la sonrisa del enemigo.
Se frena, enfoca y clava. Corta los pelos, raja la piel. La sangre tibia lo alimenta.
Voraz como la lengua de una serpiente repta entre los pensamientos. Se hunde Escarba. Saca de abajo los más viejos y olvidados. Los envuelve con los nuevos. La sangre los une. El filo despiadado los secciona y los pobres pensamientos escapan como colas de lagartijas.
Buscan la superficie. Llegan al agujero. Saltan. Bajan por la cabeza y le manchan la camisa nueva.

mayo 04, 2008

Ciclos

La semilla explota y el pasto se expande como un germen dentro de un ataúd podrido.
Sutiles filamentos verdes se entrometen en la fibra.
Una a una las hebras se propagan.
Vigorosa madeja húmeda se gesta en ese útero inerte.
El pasto se nutre, se tupe, late, crece y como lava volcánica
revienta el ataúd de flores rojas.

Estampa de un caballero precoz

Tu sudor estampado en mi lengua.
Tus ojos en mi memoria.
Recuerdos de lujuria escrita y silencio frontal.
Tu cobardía estampada en mi mano.
La ausencia transtorna el presente de vacíos.
Mi aliento estampado en tu boca.
El grillete del anular como un estigma
estampa el final de una historia sin jugar.

Ego Estallado

ESPERA
Una vez más el pulpo gelatinoso me abraza el pecho

con sus tentáculos oprime el corazon que arde.


SI DESAPARECIERAS
Las manos no podrían más escribir,

los dedos se volverían petálos y volarían lejos.
La cabeza se partiría en siete

y los cristales esparcirían lluvia por el bosque.
El caballo escaparía de su hueco,
vagaría errante en busca del caballero
que puede devolverle la vida a su ama.


OLIMPO VIRTUAL
Ella debe tener mucha cautela.
Está entrando en el Olimpo.
Si el dios se percatase de que es terrenal,
la expulsaría y eligiría el séquito de ninfas que lo rodean.

Habitante de la Penumbra

Sin llegar a expresarlo producía algo extraño en el estanque...Lo rizaba, lo licuaba, lo hacía saltar y girar y temblar en las profundidades del propio ser, de modo que de sus aguas no cesaban de surgir ideas que ascendían burbujeando y se introducían en el cerebro. Ideas que eran casi sentimiento.Virginia Woolf


El sol cae perpendicular sobre el mar apenas rizado. Recortan el horizonte las siluetas blancas de las casas en la isla de enfrente. Un poco más acá un peñón plagado de olivos entorpece la dulzura de la orilla. Las olas se pliegan como abanicos. Le enfría la piel de los pies. Ella camina indiferente a los cambios de su temperatura corporal. Ella está escribiendo. Cuando no lo hace puede atender sus obligaciones mundanas. Enfrenta el acero de la ciudad; consume litros de gaseosa espumosa como el Riachuelo. Hasta maneja sorteando laberintos tramposos de adoquines; frena cuando círculos rojos le ganan al verde. Toma ascensores. Y habla. Habla mucho. Con amigos, con hijos, con padres y hermanos. En fin, convive mansamente con los personajes de su vida real.
Pero ahora ella está escribiendo. Se le descalzan los pies. Se le arremolinan las olas en el pecho.
Poseída por la ficción intenta domar los personajes imaginarios que se le aparecen. Desbocados bajan al papel a su antojo. Y se esfuman, como círculos de humo, en el mismo instante en que ella cree haberlos atrapado.
Ciertas veces la saludan, le preguntan cómo se siente, le cuentan sobre los vaivenes del oleaje imaginario.
A favor de su cordura diremos que ambos planos jamás se entrecruzaron. Ni siquiera en los sueños. Sus habitantes eran muy respetuosos –o tal vez ignorantes- de la existencia de los otros.
Hasta que esa noche de silencio invernal uno de ellos atravesó la luna y traspasó los límites de su mundo para invadir el otro.
En una primera mirada, nuestra distraída autora, no lo reconoció, ni siquiera lo sospechó. Pero él la miró con la profundidad del mar nocturno desde sus reales ojos negros. Le habló del mundo imaginario con sus labios extremadamente carnosos. Entonces ella, surfeando en un mar de olas tumultuosas, empezó a escribir libre y feliz.
El tiempo se detuvo por unos cuantos años en un instante eterno. Ambos mundos empezaron a filtrarse. Como si él hubiese abierto una profunda grieta en la corteza, en un primer acto de creación. Las olas sumergieron los edificios acerados. La arena cubrió los adoquines. De corales se llenaron las plazas. Los ascensores ahora son cavernas de algas y erizos. Y esta desorientada autora no sabe si nadar o caminar. Su yo imaginario le indica que escriba, su yo real, que actúe. Ella lo busca real o imaginariamente porque sólo él le puede decir en qué mundo se va a instalar.

mayo 02, 2008

La noche de él

Esta es la historia de él, no la de ella, la que conocemos a través de sus ojos, los de él.
El tiene unos ojos distintos: nacieron sin pestañas. La ausencia de pestañas en esta historia es vertebral, son ellas y su entretejida trama las provocadoras de la oscuridad abismal, necesaria para conjurar la noche. Estos ojos no conocen la noche. Abiertos o cerrados, siempre ven el día.

Él transita los días entre jugo de naranja y cereales, remeras con estampas de los años setenta, amigos de digitales fotografías instantáneas. Un viaje a Londres postergado para su remota adultez. Recorre laberintos urbanos y descubre los nuevos itinerarios de la gran ciudad montado en la Ferrari conducida por el zorro de afilados colmillos. Se aturde los oídos con vinilos estridentes y le rinde culto a las luces de neón mintiéndose que son el sol.
Un día, estos ojos cansados de tanto cemento liviano y música plateada decidieron buscar la noche. Entonces se cerraron. Pero unas finas lanzas de luz atravesaron los párpados desnudos. Él no alcanzó la profundidad de la noche.
Lo encontró la penumbra. Comenzó a penetrarla como en un túnel donde lo transparente se vuelve sombras.Llegó hasta una ciudad gris dibujada en perfecta escala, los hilos de la claridad filtrada rebotaban en el vitral de la iglesia principal.
La incomodidad que precede el miedo y la inseguridad del sitio sin un alma lo incitaron a abrir los ojos. No sucediera que se le aparecieran las máscaras de caballos que poblaban sus pesadillas.
En ese instante vio que ella lo miraba distraída, cruzaba las puertas metálicas del edificio de cristal empapado por la bruma. Se le acercó atraído por la idea de arrebatarle alguna de sus infinitas pestañas negras.
Ella empezó a hablarle, empleando palabras de su penumbra, él le respondió con las traídas desde el día. El mismo idioma, distintas palabras, las dos tramas de una misma textura. Los mismos libros, la misma música, los mismos film orientales. Opuestos por el detalle de los ojos diurnos, los de él, y nocturnos los de ella. Unidos por el efímero instante que dura la penumbra.
Más interesado por sumergirse en el azul profundo del mar (como él imaginaba la noche) que por escucharla, despegó los párpados sin esfuerzo y murmurando vagas palabras blancas, se alejó hasta desintegrarse en el calor de las luces de neón.

La noche de ella

Esta el la historia de ella, no la historia de él. La que conocemos a través de sus ojos, los de ella.
Ella tiene unos ojos muy originales. Cuando los sostiene abiertos, apenas interrumpidos por el pestañeo habitual, siempre es de día. Entiéndase por día la vida que corre en el carril de la rutina terrenal.

Cuando los cierra, la noche. La noche como espacio sin tiempo donde se gesta lo nuevo o se recicla el sedimento añejo.
Estos ojos son lo Regentes del Tiempo. La presencia del sol o de la luna es un detalle escenográfico, no indican el día o la noche.
Un día de ella comienza cuando abre los ojos. Se levanta, desayuna té naranjas en el sillón de cuero, se viste de blanco con bufanda gris y sale a trabajar o a estudiar. Después cena con amigos, vuelve a su casa acompañada, escuchan música y se acuesta. Se duerme, los ojos abiertos. El día sigue y se encadena al siguiente que será similar.
Una noche de ella se inicia cuando cierra los ojos. Tiene pestañas exageradamente largas que al unirse impiden el mínimo as de luz. Entonces desciende por escalones de madera o de piedra, descorre rojos velos de terciopelo. Sigue bajando abre compuertas. El agua corre tibia, el viento sopla los vapores que suben. Ella nada un rato y se tira a descansar sobre plumones esponjosos. A veces elige cabalgar o simplemente correr. Ciertas noches decide bajar más profundo y logra volar.
Pero estos ojos caprichosos que se abre y cierran sin importarles el lugar o las circunstancias, fueron los que provocaron el extraño suceso.
Un día se les ocurrió cerrarse en horario de trabajo. Ella empezó a transitar la corteza nocturna bastante incómoda porque necesitaba que se hiciese de día para continuar las rutinas. Forzó las pestañas intentando abrirlas. Desenredó algunas, no pudo destejerlas completamente pero fue suficiente para que se colara cierta claridad.
Entonces, la penumbra. Donde el tiempo se detiene, es el umbral entre noche y día. Con la penumbra la luz invadió la noche que brilló como las de luna llena y la oscuridad atravesó el día volviéndolo gris.
Con los ojos entreabiertos caminó la penumbra y lo vio. El se acercó entre sombras. Nunca lo había visto en la vida diurna y la vida nocturna, como ya sabemos, es el espacio de uno mismo. El era el único habitante de la penumbra. Se sentaron, empezaron a hablar. Los mismos libros, la misma música, las mismas escenas de los mismos films, cierta simpatía por la vida oriental, el mismo gusto estético…
Llovía y hacía mucho frío, el viento soplaba húmedo en el hall de ese edificio, la gente entraba o salía de las oficinas.
El y ella detenidos en el tiempo de la penumbra que fluía en una larga conversación líquida. Ella lo escuchaba mirando su aterradora belleza, presintió que lo conocía de otros tiempos, nunca lo supo con certeza porque las pestañas se abrieron, se presentó el día y él se dio vuelta y se alejó. Se diluyó en la luz del sol.
¿Quién era este extraño que irrumpió en sus ojos y se le coló por las pestañas? Desde entonces pensó en dejar los ojos bien abiertos deseando reconocerlo a la luz del día.

Francesca

1923- 15 de octubre. El mar lígure observa este mediodía genovés con sus ojos de petróleo. Dos buques de guerra se ven como elefantes inmóviles, a cada lado del Giulio Cesare que despliega las lenguas de madera e invita a subir. El sol del mediodía no permite distinguir el mar del cielo. La explanada de baldosas es un tablero de ajedrez. Las fichas, los contenedores que entorpecen el andar de los pasajeros que van llegando. Esos que bajan del Ford A seguramente viajarán en primera. El resto llega a bordo de los tranvías. Uno que otro viene en bicicleta cargando su baúl adentro del canasto. El vaivén de las olas se lleva el arrullo constante de erres arrastradas. Las valijas se apilan, los niños encima. Las mujeres preparan los pañuelos de encaje. Los hombres encienden la pipa o se acomodan la boina. Otros prefieren revisar los papeles, una última ojeada para que no falte ningún documento. Las madres prenden de las solapas los relicarios. Los jóvenes se besan. Una manta bien abrigada, en cubierta hace frío. No dejes de escribirme un solo día. Estas fotos tenelas adentro de la biblia. Mirame en la luna que yo lo habré hecho cinco horas antes. Dicen que es muy húmedo, recordá las pastillas de menta y alcanfor; que el mar es dulce y el pasto tierno, tomá unas cuantas piedras de canto rodado, para no olvidar.

Dar de nuevo

¿Cómo es quitarse la piel?

Desnudarse.

Transmutar el alma.

¿Cómo es descascararse?

Pelarse las costras.

Barrer las heridas.

Mis manos desanudan nidos.

Como reptil cambio la piel.

Como fénix resurjo.

Alina

La tierra regada de maíz. Alina está en el gallinero picoteando para alimentarse, se topa con otros picos que cuentan su misma historia.

Alina se levantaba las mañanas y engullía chocolate caliente y tostadas con manteca y con la panza bien llena se iba para la escuela, pero antes su mamá la obligaba a enfundarse en bufandas y mantones y aspirar el oxígeno del tuvo que rigurosamente custodiaba la puerta.
Cuando regresaba, debía lavarse las manos con desinfectante, quitarse los zapatos y encintar sus pies con gasas estériles. Un rocío de menta y eucalipto caía desde el techo de la casa.
En las noches, cenaban pasta de carne deshidratada con puré de lentejas que acompañaban con un brebaje de calcio, más hierro, más sangre, más células de embriones disecados.
Su madre la bañaba con agua de lluvia filtrada y la rociaba con gotas de ozono y alcanfor.
Un domingo de lluvia la llevó a la casa de una amiga. Pasaron toda la tarde pisando los charcos del campo. Tomaron mate con muchísima azúcar.
Cuando volvió, la mamá sacó la lupa del placard y le observó el cuerpo desnudo. Descubrió dos manchitas anaranjadas en la cola y de la nariz chorreaba un hilo de caldo amarillo. Con el bisturí que siempre lleva tomó una muestra del naranja y en un frasquito de vidrio guardó el caldo. Llevó todo al laboratorio. El médico le explicó que era solo un resfrío y las manchas de la cola resultaron ser dos plumitas que se habrían colado cuando anduvo jugando en los charcos.
A los pocos días, mientras almorzaba, se atragantó con un pedazo de pan orgánico que solía comer a los apurones, era mucho más sabroso que la carne disecada. Al rato, Alina estaba sentada en la camilla del médico y su mamá aseguraba que había tenido náuseas y vómitos a pesar de las explicaciones de la niña y del doctor : solamente se había atorado.
Las plumas seguían creciendo, nacieron nuevas de color violeta y los poros se inflamaron como cráteres.
Un mañana, su espalda se inclinó hacia el suelo cuando la madre apoyó el canasto con verduras cargado de choclos. Sus dedos ganchudos no le obedecieron para agarrarlos, en cambio su boca dejó escapar una la lengua finita que alcanzó los granos con picotazos certeros.
Su mamá se acercó para atraparla, en las pupilas dilatas por el miedo Alina vió reflejado su nuevo cuerpo.
Voló, para escaparse, ella quiso atraparla sosteniéndola de un ala, pero fue inútil. Se soltó y huyó lejos, hasta llegar al maizal.
Un hocico resopló sobre su cresta amarilla. el granjero que recorría los campos la recogió y la llevó al corral.
Su madre no la olvidó , cada semana viene a recoger los huevos que generosamente le ofrece para que siga criando a los hermanos.

El anillo del rey

¿Qué soberbia mano puede sentirse capaz de llevar en el dedo índice la réplica de una corona?
Ella era un insecto transparente, casi una libélula. El ruido de las alas era la voz que nadie oía. Cada mañana tomaba el ascensor sin ser vista. Se ubicaba en su escritorio y no levantaba la cabeza hasta el mediodía, que llegaba él.
Era un caballo con cabeza de ciervo. La cornamenta lo protegía como cualquier corona a su rey y la capa sobre los hombros lo envolvía evitando que los demás lo tocaran. Caminaba sin dejar huellas, respiraba sin quitar el aire. Pero todos admiraban su andar.
Apenas lo vio, empezó a revolotearle alrededor. Sus ansias de que él la viera despertaron algún pincel que coloreó su presencia: fue rosado en la piel, verde en los ojos y almendra los cabellos. El insecto abandonaba su capullo.

"Cuando detuvo su mirada en la mía, las alas se me agitaron hasta desprenderse de la espalda. Si el aliento del hocico me rozaba, el aire se acumulaba en mi garganta y no podía hablar por un día entero. Apostaba conmigo misma sobre el color con el que vendría vestido y acertaba. Las tardes en las que charlábamos largo, se transformaron en primaveras, aunque en la calle lloviera gris. Por fin encontré justificación a tanto tiempo de estar sin presencia.
Una de esas mañanas de invierno en las que no logro entibiar el aliento, apareció, sin que nadie la esperase. Tenía las orejas puntiagudas y los ojos rasgados de lince, el pelo bastante ralo. Se reía al mismo tiempo que contoneaba sus ancas, es posible que fuese cruza con hiena. Llevaba los dedos enfundados en anillos para hurguetear mejor entre la carroña.
Ella se acercó y le regaló uno de sus anillos, ese del anular con forma de corona, él a cambio le entregó sus cuernos. También le contagió la risa estridente. Tan fuerte rieron juntos que el aire de sus hocicos me voló lejos.
Entonces odié, a él y al pincel que olvidó pintarme la lengua y dibujarme palabras de amor que nunca dije.
Volví a ser invisible y lo aproveché. Esperé que ambos tomaran el ascensor. Antes de que la puerta se cerrara me escabullí dentro. Sobrevolé las manos y le quité el anillo del rey, subí hasta el cuello, y le clavé hondo la punta de la corona.
Bajé por las escaleras con el anillo apretado en el puño. El aturdimiento no me permitía sentir la sangre que brotaba de mi mano, empezó a chorrear por el antebrazo, siguió por el codo hasta gotear los escalones. Me detuve y me senté. Abrí la mano arranqué el aguijón maldito de tu amor. Esta cacería había resultado mal."

El rapto del sol

Maite se levantó a la misma hora, pero esa mañana el sol no había asomado. Corrió las cortinas de la ventana de su dormitorio, la intensa oscuridad había pintado de azul el césped. La neblina cortaba las copas de los árboles y ocultaba el horizonte. Cerró las cortinas y se recostó otro rato, esperaría que amaneciera para ir al pueblo.
Se adormeció y tuvo un sueño: está montando a Boris sobre colinas plagadas de flores silvestres, libélulas revolotean sobre su cabeza. A los lejos, un volcán , se abre en dos y deja salir la silueta de un hombre que cabalga hacia ella, no puede distinguir su cara. El golpe de los cascos la despierta, los caballos en el establo empezaban a hacerse oir. Claro, hacía un largo rato que debería haber ido a prepararlos. Eran tres machos y una yegua los que asomaban sus hocicos húmedos todas las mañanas. Consultó su reloj, las once, pero la noche seguía instalada.
Sus hermanos se despertaron alarmados ante la mañana eclipsada. Luis, el único varón ensilló la yegua y partió al pueblo en busca de alguna noticia.
El gallo no cantó, las flores no despertaron a sus pétalos, únicamente la dama de noche, que como sabemos abre sus campanillas blancas cuando el sol desaparece, iluminaba el jardín.
Maite, mientras tanto, encendía algunas velas para tranquilizar a sus pequeñas hermanas que habían empezado a llorar.
De regreso, Luis contó las novedades: “parece ser que tal como sucede cada ciento cincuenta años, desciende sobre estos parajes la Maldición de Kali, o la Noche Eterna , una suerte de mujer de mil tentáculos en la cabeza que se apodera del sol, lo seduce con danzas hipnóticas, lo rodea con infinitos brazos y lo envuelva hasta adormecerlo. Entonces lo transporta hasta su morada, el Volcán Magma allí lo retiene hasta que alguien lo rescate”.
Maite, acostumbrada desde niña a resolver los problemas de un hogar sin padres y con tres hermanos a cargo, respondió enérgicamente: “Organicemos grupos con antorchas y armas y vayamos hacia el Magma en busca del sol que Kali nos robó”.
“Dejame terminar –la interrumpió Luis- en el pueblo también escuché a Doña Zina, la anciana conocida y respetada por su sabiduría, quien aseguró que Kali entrega el sol a cambio de la muchacha más bella a la que la oscuridad haya sorprendido.”
Luis no terminó el relato, porque se oyeron golpes en la puerta, eran los hombres del pueblo, venían por Maite. Llegaron con Doña Zina que posó sus manos agrietadas sobre los ojos de la bella joven y sus huesos diminutos y torcidos irradiaron luz . “Querida hija, te concedo el don de ver en la más absoluta oscuridad, que el buen Dios te bendiga”.
La muchacha ahora era capaz de ver en medio de la noche cerrada. Podría penetrar dentro del profundo bosque sin necesidad de antorchas porque había sido dotada de luz propia.
Se despidió de sus hermanos con un beso a cada uno. Recomendó a Luis que cuidara de las pequeñas. María, la menor, tironeándole el vestido le pidió que se agachara para hablarle al oído. La niñita anudando los bracitos como sogas del cuello le dijo: “Te prometo que voy a portarme bien y que voy a colaborar con mis hermanos en las tareas de la casa, pero yo me voy a sentir más contenta si te acompaña la libélula que vive en la campana más chiquita de la dama de noche."
Maite la miró emocionada y desanudándoles las manitos le explicó: “ María, mi amor, no me serviría de ninguna ayuda un insecto tan diminuto.”
“Te equivocás hermana” –aseguró la niña y tomándola de la mano la llevó hasta la esquina del jardín . Le señaló la más pequeña de las campanas que permanecía cerrada, se acercó a ella susurró murmullos incomprensibles y salió volando una libélula de alas transparentes. Se posó en la palma de la mano de Maite y le dijo: “María me contó de tu viaje hacia el volcán Magma, mucho peligros te acecharán y yo sabré guiarte entre senderos tortuosos”.
Cargó sobre la espalda un atado con algún abrigo y unos cuantos víveres para soportar el largo viaje. Llevaría los zuecos con los que trabajaba la tierra, porque le estaban más cómodos y en el bolsillo, la libélula.
El bosque se cerraba conforme la joven avanzaba. Las malezas surgían de la tierra, se enredaban entre los troncos formando redes impenetrables. De los árboles colgaban lianas húmedas que le rozaban la cara como si el mismo diablo pasara la lengua. La pobre no alcanzaba a ver el camino preocupada por quitarse de encima las ramas y por tratar de desenmarañar las mallas herbívoras que obstruían el paso. Afortunadamente, Libélula podía infiltrarse entre las matas y se adelantaba unos metros para advertirle el lugar más apropiado donde dar el paso.
Por fin llegaron a una claro del bosque atravesado por un río, donde flotaba solitaria una balsa corroída y descascarada. Maite se subió, buscó los remos en vano, como sea la balsa comenzó a moverse y temblorosa avanzó entre aguas fangosas dejando tras de sí estelas de espuma como baba de caracol.
Sólo Maite podía ver este paisaje, sus ojos poseían la luz de la anciana. De haber estado nosotros alli, bajo un cielo tan negro que ni la estrella más valiente puede asomar, habríamos dado pasos ciegos entre sendas tramposas hasta perder el rumbo. Tampoco hubiésemos visto la balsa, seguramente habríamos tropezado con ese río viscoso cayendo en sus aguas de olores estancados.
Maite pudo ver en el horizonte el volcán que abría la boca como un caldero gigante. Vomitaba chorros de lava que desembocaba en el río donde navegaba la balsa. Así llegaron hasta las puertas del Magma custodiadas por dos serpientes de fuego. Hablaron al unísono: “Bienvenida, dulce niña, míranos a los ojos, no apartes por un instante tu mirada de nosotros y así te transportaremos hasta nuestra ama Kali”.
Libélula se apuró a llegar a los oídos de Maite y le advirtió: “Cuidado, no dejes de iluminar sus ojos con la luz que te regaló Doña Zina, si parpadeas al menos una vez, caerás bajo la hipnosis de estas malvadas.”
Maite, tal como su amiga le aconsejó, con la mirada refulgente adormeció a las traicioneras guardianas.
Entró y siguió avanzando entre la lava, esquivando las piedras encendidas que se desprendían de las paredes. Trepó escarpados caminos y se lastimó las manos en sus intentos por no caer y perdió los zuecos. Cuando llegó hasta una plataforma, con los pies llagados, se encontró de frente a un dragón de dos cabezas que exhalaba frondosas llamaradas. Libélula voló hacia el cráter, escapó en busca de las aguas danzantes, patronas de las lluvias primaverales, que se colaron entre las rocas volcánicas cayendo sobre ambas cabezas. El dragón al ver extinguido su poder, eligió lanzarse al abismo.
Maite aprovechó la frescura de la lluvia para reponerse. Pero la calma fue efímera, ante los ojos de la joven se alzaba Kali. Clavó sus pupilas renegridas en la muchacha, abría y cerraba las pestañas interminables. Con vos áspera y susurrante le dijo: “Maite, tan audaz y decidida, nunca otra joven había logrado vencer todos mis obstáculos”.
“Entonces –replicó la joven- merezco una explicación, porqué nos ha robado usted el sol.”
“Seguime” fue la respuesta. Comenzaron a andar.
Llegaron hasta la parte más alta del volcán y se toparon con un laberinto de rocas. A medida que avanzaban aparecían manchones de pasto entre las piedras. Más adelante eran reemplazadas por tierra fértil de la que crecían jazmines. Respirar el aire oxigenado la renovó, un poco mareada por todas las vueltas. No entendía cómo podía existir tan bello jardín en aquellas profundidades.
Cuando llegaron al final del laberinto las esperaba un estanque transparente, anaranjado por las escamas de los pecesitos y con algunos cisnes en la superficie. Alimentado por una cascada cristalina, donde Maite corrió a calmar la sed. Detrás de la cortina creyó ver al joven del sueño la noche anterior a su partida.
“Es Simón –dijo Kali- mi amado hijo. Hace muchos años fui condenada a vivir en esta morada oscura de la que por un extraño conjuro jamás podré escapar. Cuando nació Simón me desesperé por abastecerlo de vida, es por ello que necesito la luz del sol. Esta maldita condena perdurará por todos los tiempos, solamente mi hijo podrá liberarse de ella si encuentra una mujer que sea tan valiente de llegar hasta aquí.”
El apuesto Simón se acercó a saludar a su madre, rubio y dorado como el sol, una mano sostenía las riendas y la otra acariciaba el hocico, como Maite suele hacer con sus caballos.
Kali comprendió que era tiempo de regresar el sol a su justo lugar.
Los jóvenes volvieron al pueblo donde todos los recibieron felices porque Libélula había volado a contarles la noticia.
El Gran Magma se extinguió para siempre. Cuentan que cada atardecer se puede ver a la joven pareja cabalgando en los jardines florecidos sobre el volcán.

mayo 01, 2008

Un cuentito para que mi hija se duerma rápido

El sapo y la doncella
Se rompió el espejo. Se rompió el encanto.
Siempre fue un sapo que se creyó dueño de la doncella.

Le hizo muchos regalos, la colmó de perlas y espejitos de colores.

Ella mareada entre tantas luces y aturdida por los destellos, imaginó en su croar una dulce melodía y en sus ojos batracios, gotas de la lluvia en verano.
Pero un día el sapo se aburrió, rompió el espejo, desarmó el encanto y se fue.

La visita de Kali

Es tiempo de caos. El orden cósmico empieza a alterarse. Los demonios amenazan.
Mi corazón lo presiente, no puedo dormir más, me despierto a las tres de la madrugada.
Estoy sola. Me levanto, miro por la ventana, la niebla cubre todo, no veo nada, solo niebla. Decido vencer este insomnio repentino y vuelvo al calor de mi plumón esponjoso.
Pero un inesperado instinto obliga a levantarme, a mirarme en el espejo. Me cuesta reconocerme. Soy yo, sí, pero no es mi mirada la que está atrapada en los ojos. No son mis piernas las que caminan. Ni mis brazos los que me desnudan, me quitan el camisón y me visten.
Me preparo un café, son las seis, no amanece por culpa de la niebla. ¿Pero si el pronóstico no la anunciaba?
Me subo al auto, pongo los Beatles a pesar de mis treinta años y salgo a la ruta.
Una humedad espesa no deja vislumbrar las luces del camino, que se suceden como átomos locos sin cuerpo, sólo cabezas encendidas atravesando la niebla. Me cuesta seguir la senda.
Una silueta cruza imprevistamente. Intento frenar, el auto patina y grita ahogado. Logro detenerlo, me bajo y lo veo.
Los Beatles seguían sonando, Help.
La conocí una madrugada de invierno en circunstancias puramente fortuitas.
Yo estaba volviendo de la casa de unos amigos, habíamos tomado cerveza mientras terminábamos de editar. Era el último año de mi carrera como cineasta.
Caminaba distraído. De golpe la neblina se apoderó de la ruta. Era violeta y rosada, descendía desde la atmósfera como una extraña maldición. Alucinado, me dispuse a filmarla. Apareció un auto que desesperadamente frenó al borde de mis zapatillas.
No me dejó reaccionar y abriéndose camino entre la bruma, surgió.
-¿Estás bien?, no te vi, no vi nada, perdoname, ¿Estás bien?- preguntaba desesperada sin esperar mi respuesta. -Te alcanzo hasta donde vayas, ¿te lastimé?- insistió.
-No, estoy bien- respondí intentando tranquilizarla.
Tenía los ojos negos, renegridos, dilatados, parecían de acero. Del pelo revuelto surgían mechones descontrolados. Era extremadamente flaca. Los brazos largos se agitaban arrítmicamente cuando hablaba.
La guitarra de los Beatles, seguía atrapada en el auto, Girl.
En medio del vértigo enloquecido que me envolvía me acerqué, le pregunté si estaba bien, le ofrecí llevarlo a donde fuera. Una boina de lana verde llovía de su cabeza. Los ojos castaños me observaban desconcertados. La boca húmeda, que mi verborragia no dejaba hablar, latía silenciosa. Las manos sostenían una cámara de video o algo así.
Finalmente subimos al auto. Acomodé el espejo retrovisor, era mi cara pero no era yo. Fue mi mano la que bajó su cierre pero no fui yo quien lo acarició. Lo seduje hasta el hartazgo con mi lengua tibia. Mi cuerpo envenenado de caricias lo enredaba y maniataba. Gritó, rogó, hasta lloró. Su carne palpitante y trémula finalmente se rindió. Y yo caí en un sueño profundo y reparador. Ahora sonaba, Don’t let me down.
Cuando accedí subir a su coche, mi mente estaba mareada y confusa. Conforme avanzábamos la niebla que se tornaba gris azulada penetraba por los vidrios empapándolo todo.
Lo que ocurrió de inmediato fue una alucinación exuberante. No sé si fue real. Placer en su estado más puro y desgarrador. Éxtasis. Me entregué a su gula de fuego. Hasta que extrajo todo de mi ser. Y así vació creí que había muerto.
La niebla se disipó dando paso a otro día otoñal. Las luces de la ruta recuperaron sus cuerpos y se extinguieron. Algunos autos empezaron a aparecer. Kali sintió saciada su sed una vez más. Era tiempo de irse. Era hora de descansar. Los dejó en el auto y se alejó llevándose la bruma.
La música de Hey Jude abrió mis ojos. En el esternón un nido ¿o nudo? de mariposas nocturnas negras y aterciopeladas. Tomaba conciencia de mi cuerpo, mientras me vestía como podía dentro del auto. El también se despertó, me miraba inerteo. Yo misma no encontraba la razón de lo sucedido, ni siquiera era conciente de la extraña cadena de actos de la noche anterior.
Le expliqué que me llamaba Maite, que era bailarina, que vivía sola con mi gato, que mi vida era un sinfín rutinario de ensayos de ocho horas diarias y escasa comida para mantenerme liviana.
Me despertó el piano de In my Life. Mi cuerpo rendido yacía desfallecido, extraño, vacío. Entonces empezó a hablarme pausadamente, su explicación, palabras acompasadas acunaban mi alma ansiosa por llenarse de su voz. Me contó que nunca le había ocurrido algo remotamente parecido, que no recordaba porque había salido a la ruta. Yo le conté que me llamaba Simón que tenía veinticinco años y que estudiaba cine. También le dije que me alucinó el encuentro, que no me interesaba encontrarle significado. Había sido una fantástica revelación.
Fue un año intenso, terminé la facultad. Mis amigos quedaban maravillados con las producciones de imágenes, los encuentros con Maite desarrollaron mi capacidad creativa hasta límites insospechados. Presenciaba todos sus ensayos, mirándola por la lente de mi cámara que subyugada, la seguía involuntariamente.
Cuando en casa editaba, adoraba una vez más las piernas que gráciles y moldeadas se movían desafiantes, provocándome vigorosamente. Una cruzaba delante de la otra y juntas volaban. El resto del cuerpo permanecía en otro plano, todo expuesto, altivo y radiante. Los brazos abiertos, el pecho arqueado exhibiendo sin pudor el corazón. Pero las piernas… las piernas en otra dimensión resguardando entre ellas el eje de su ser.
Me miraba, abriendo y cerrando las pestañas interminables, dejando escapar el brillo caoba de sus pupilas, un dulce sudor cubría la habitación. Era entonces cuando el rodete prolijo de su cabeza cobraba vida, los mechones se le desprendían vigorosos como tentáculos se erguían serpenteando. Todo el cuerpo aura ardiente.
Simón me contó lo que veía a través de su cámara, relataba extraños hechos, mi cabeza emanando víboras, llamas a mi alrededor. Yo simplemente bailaba ajena a todo, reponiéndome más tarde entre sus brazos.
Pero no llegaba a recuperarme, los médicos acusaron a mi magra dieta. Desde aquella noche de neblina en la ruta yo no lograba descansar bien. Las mariposas negras aletaban incesantes en mi pecho.
Mi mente razonadora no encontraba explicación. Intenté todos los caminos de la lógica, analizando cada fenómeno sucedido estos últimos días. Partía de lo que estaba sintiendo en dirección a lo sucedido. Como fuese, terminaba perdida en mi propio laberinto. Los días se sucedían densos y agobiantes. Dormía poco y comía menos. Solamente bailaba desenfrenadamente sin percibir presencia alguna.
Maite empezó a preocuparme, yo filmaba sin que ella lo notara. Sus ojos cada vez más negros refulgían ausentes. El pelo suelto aprovechaba para agitarse hasta incendiarse. Calor sofocante. Las llamas se extendieron más allá de su cabeza apoderándose del cuerpo. Las piernas, siempre cruzadas, ahora se abrían dejando al descubierto el único rincón que ella escondía de su danza. Las lenguas ardientes la penetraron hasta romperla.
Ahora bailo ante mi auditorio particular. Tengo de fondo la cortina de los Alpes siempre nevados. Todo blanco, adentro y afuera, olor a limpio. Estoy un poco más gorda es que me dan tantas pastillas… Llevo el pelo bien corto. Mientras recibo los aplausos de mi público que se pone de pie agitando sus cuerpos de chalecos y batas verdes, oigo salir del televisor la música de Let it Be, es un programa sobre premios de cine.
Estoy en Cannes, me entregan el galardón por mi ópera prima “La visita de Kali”. Hice un único pedido, que cuando subiera a recibirlo sonara algún tema de los Beatles.
Me subo al coche, enciendo All my Loving, estoy volviendo a casa y como lo hago todas las semanas, desvío mi camino y tomo la ruta hacia la montaña porque sé que ella me espera sobre el escenario.


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El espacio de la escritura

El arte provoca estados.

Los estados provocan arte.

Las palabras provocan estados.

Los estados provocan palabras.

Las palabras provocan escritura.

La escritura es el espacio creado

desde mi estado para provocarte.